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Hace tantos años.

8 Mar

Hace tantos años.

Hace tantos años, tantos que la gente ni se acuerda, pero yo por alguna extraña circunstancia, tengo una memoria casi fotográfica y lo que no recuerdo, me lo invento, pero con tata fidelidad, que da la impresión que realmente sucedió como lo describo, como lo cuento, al extremo, que llegado el momento, yo me lo creo y corroboró que fue así, así en la realidad.

 

Eran finales del siglo XIX (1890 o algo más), una señora de ojos muy celeste, con un porte distinguido, una mujer muy emprendedora y muy trabajadora, algo pasada en kilos, como eran la mayoría de la mujeres de esa época. Descendía de un matrimonio de gente radicada en Perú, más propiamente en Arequipa, su padre de origen chileno, de profesión boticario, con un apellido que a la fecha es casi extinto, Alviña (Luis Alviña). La madre de origen peruano, y como todas las mujeres de la época, dedicada al hogar. La señora de los ojos celestes, Eloísa Alviña, contrae matrimonio con un hombre excepcional, netamente arequipeño, de apellido Muñoz, Manuel Muñoz, un apellido muy común en esa ciudad. Se dedican al comercio y para eso se trasladan a Buenos Aires. No tengo muy claro, si la hija nació en Buenos Aires o en Arequipa, tampoco estoy seguro si fue la única o tuvo hermanos, claro que si los tuvo, todos murieron, porque ella se crió como hija única.

 

Esta familia, Eloísa y Manuel, se movilizaba entre Lima y Buenos Aires, en Lima tenía unas plantaciones de algodón, en una propiedad que se llamaba “Palos Blancos”, próximo al Callo, en una localidad que se llama “San Vicente de Cañete”. El algodón que cosechaban allá, lo hilaban y ese hilo lo transportaba a Buenos Aires, donde lo tejían transformándolo en tela y con ese tejido fabricaban sombreros, que vendían en La Paz (Bolivia) y en el Perú.

 

En uno de los viajes de Argentina al Perú, se quedaron haciendo pascana en La Paz, y la hija, que en ese entonces contaba con unos catorce años y era bien parecida, se enamoró de un joven, que a la sazón tenía diecinueve años, muy apuesto, alto de cabellera negra y ondulada, con nariz aguileña, de muy buen físico, totalmente apuesto y con modales exquisitos. Nacido en La Paz, pero aparentemente de origen potosino por parte de padre, de apellido Aramayo (Carlos Aramayo) y de madre peruana, de apellido Campos, Clementina Campos.

 

Estos jóvenes se conocieron y nació un amor a primera vista, una pación ciega, que desencadeno en un idilio inmediato, al extremo que hubo que casarlos, a regañadientes de la Sra. Eloísa y la comprensión de su esposo. Don Manuel Muñoz, un tipo muy interesante de poca estatura, bien robusto, de tez muy blanca, cabellos grises y un espeso bigote a la usanza de la época, con los famosos mostachos almidonados y peinados hacia arriba de los labios. De un buen carácter, una sonrisa amplia, que supo comprender la situación de su hija Mercedes y el enamorado Carlos, con ellos continuaron el viaje, rumbo al Perú.

 

Mientras Mercedes la hija, criaba la barriga del primer hijo. Carlos (Carlos chico). El joven marido estudiaba contabilidad, pero como eran los matrimonios de esa época, Mercedes se dedicó a tener hijos, el primogénito fue Carlos, nacido el año 1919, luego vino Luis, siguió Eduardo, pasado un tiempo llegó Blanca y después otra hermana que murió siendo un bebe, porque se cayó de la hamaca, mientras la mecía una tía, prima hermana de Mercedes, que en ese entonces era una niña, Cristinita Muñoz Forrastal, otro apellido que también está en extinción y de origen chileno.

 

Por esa época, hubieron algunos inconvenientes políticos entre peruanos y bolivianos, a consecuencia del tratado de paz firmado entre el Perú y Chile, lo que dio lugar a la expulsión de los bolivianos de territorio peruano y por lógica consecuencia los Aramayo Muñoz, tuvieron que emigrar a Bolivia, la familia completa, incluida Eloísa, que por entonces había quedad viuda. Llegaron a Bolivia y Carlos, su yerno, ya como contador, consiguió trabajo en la empresa minera “Patiño Mines and Enterprises” y se radicó en la localidad denominada Catavi, donde se ubicaba el ingenio de procesamiento del estaño extraído de las minas próximas. En esa localidad, nacieron los últimos dos hijos, Yolanda y Jorge.

 

Para completar la genealogía de esa familia, contaré lo que sé de cada uno de los hijos: Carlos Aramayo Muñoz se casó con Lucrecia Mejia Martinez y tuvieron tres hijos, Miguel el primogénito, primer nieto y primer sobrino, nació en 1944, tuvo dos hijos (Carlos y  Mauricio). Maria Leticia  tuvo dos hijos (Rodrigo y Marcelo), José Manuel que se quedó soltero y sin hijos.

 

Luis se fue a vivir a la Argentina y se casó con Lita Castelar, que ya tenía un hijo que se llamaba Raúl y tuvieron una hija, a la que llamaron Stella Marie Aramayo Castelar, que cuando se casó tuvo trillizos.

 

Eduardo, que también se fue a vivir a la Argentina, se casó con Olga Leon y tuvo dos hijos, la mayor, Gloria Aramayo León, que tuvo tres hijos y, el menor Eduardo, tienen dos hijas.

 

Blanca Aramayo Muñoz se casó con Imar Mealla Benítez y tuvieron cuatro hijos, Patricia tuvo tres hijos, Imar tuvo dos hijos, Ariel tuvo dos hijos y Beatriz tuvo tres hijos.

 

Yola y Jorge no dejaron descendencia, por lo menos Yolanda que se casó y luego se separó. Jorge, que nunca se casó, tuvo varios hijos, pero todos fuera de matrimonio y ninguno apegado a la familia.

 

Después de ese detalle sucinto podemos entrar en los pormenores de esta historia.

 

–Manuel ya quisiera estabilizarme en algún lugar, estoy cansada de viajar de Arequipa a Lima, de allá a Puno para pasar a La Paz y luego continuar viaje a Buenos Aire, está bien que el negocio es bueno, pero ya estoy cansada, también estoy cansada de quedarme sola, cuando es usted solo el que hace ese viaje mientras yo permanezco en Buenos Aires, ya nuestra hija está grande y necesita de los dos, preferiría que nos radiquemos en Lima.

 

–Eloísa, le prometo que éste será el último viaje, viajaremos con nuestra hija y cuando lleguemos a Lima, nos estableceremos definitivamente, usted podrá poner la “botica que tanto añora” y practicar con todas las fórmulas que heredó de su padre, que despeñaba ese oficio en Arequipa. Yo atenderé la propiedad algodonera y me encargaré del hilado del algodón, para buscar a alguien que haga el traslado del hilo a Buenos Aires y mi socio en Argentina se encargará del telar y la fabricación de sombreros, para que la persona que contrate se encargue de traer los sombreros para negociar en Bolivia y Perú. En Bolivia  tengo unos sobrinos que nos pueden colaborar con el negocio.

 

Esa promesa se cumplió y llegó el día en que partieron de Buenos Aires a Lima haciendo el largo y penosos trayecto, con varios descansos, en un tiempo muy largo y con cambio de varias cabalgaduras.

 

Cuando llegaron a La Paz, se alojaron en la casa del Sobrino Alfonzo Muñoz Forrastal, que en ese tiempo estaba soltero y vivía con una tía solterona (Felicia Forrastal) y su hermana Cristinita. La colonia peruana en La Paz, era grande y no de recién, de hacía mucho tiempo atrás. Se comercializaba mucho, como productos que llegaban del Perú, especialmente lo que correspondía al Azúcar, harina y varios comestibles, porque La Paz estaba más inclinada a la minería y una agricultura rudimentaria y escasa.

 

En el tiempo que estuvieron en La Paz, socializaron mucho y su hija Mercedes quedó prendada, sobre todo del enamorado Carlos, que la conquistó.

 

Antes de partir al Perú, se encontraron con la sorpresa de que Mercedes esperaba un hijo, lo que irrito tremendamente a su madre, pero su padre lo tomó con calma y propuso una solución salomónica. Los chicos se casaban y el yerno al formar parte de la familia, fue tratado como un hijo más y partió con ellos a Lima, donde llegó a estudiar contabilidad y continuar la procreación de cinco hijos más y administrar la propiedad algodonera.

 

Lo demás que guardo en mi memoria, lo dejaré para contarles en otro cuento, porque todavía tengo mucho más para rememorar  de nuestros antepasados.

 

Miguel Aramayo.

SCZ. 07-03-2015

 

2 Mar

Los hombres somos diferentes.

Después de leer la biografía de Alvaro Uribe y comparar lo que hizo, con lo que están haciendo otros gobernantes sudamericanos, me doy cuenta, de la gran diferencia que se puede dar en los hombres, ante los sufrimientos y las alternativas que cada uno ve para ayudar a sus semejantes, a sus compatriotas.

 

Alguien que no tienen aspiraciones y vive tan sólo de sus recuerdos de guerrillero y que además adolece del “síndrome de Frégoli”, como le está sucediendo a varios de los presidentes latinoamericanos, que en todas partes no ven nada más que el “rostro del capitalismo” y que todos los males se los achacan al “rostro del capitalismo” y ven al “el rostro del Imperio”, como a su único y absoluto enemigo.

 

Transcribo algo que leí hace poco y que corresponde a las recomendaciones del famoso nazi Paul Joseph Goebbels (Según Longerich, padecía un «trastorno narcisista de personalidad» que le hacía buscar adictivamente el reconocimiento y el elogio, lo que explicaría su absoluta devoción por  Hitler y su obsesión por su propia imagen.) “Hay que hacer creer al pueblo que el hambre, la sed, la escasez y las enfermedades son culpa de nuestros opositores y hacer que nuestros simpatizantes se lo repitan en todo momento”.

 

Alguien que haciendo uso de su figura desaliñada, que da la impresión de que no se hubiera aseado adecuadamente, o que se ahorra en hojas de afeitar, porque provienen del imperio, alguien que hace uso de sus excentricidades para mostrarse como en un ser perfecto, que debe ser tomado como ejemplo. Que además logró convencer a la gente, no sólo de su país.

 

¿Cómo no va tener el perfil que tiene? Si su odio tiene un añejamiento de muchos años, prácticamente desde el año 1962, que comenzó a foguearse como político socialista. En los años sesenta se integró al Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros, con el que participó en operativos guerrilleros, al tiempo que trabajaba en su chacra hasta que, requerido por la policía, se refugió en la clandestinidad.

 

Me imagino como queda la mente y el espíritu de alguien que fue apresado cuatro veces, en dos oportunidades fugó de la cárcel. Pasó casi quince años de su vida en prisión, su último período de detención duró trece años, entre 1972 y 1985; eso lo hace que esté influido, desde luego, por ese odio y resentimiento contenido de tanto sufrimiento, lo cual no es bueno para ningún ser humano, pero no por esto justifico que como alternativa se quiera matar gente en atentados terroristas.

 

Ese mal, el del “síndrome de Frégoli”, está perjudicando grandemente a Latinoamérica, porque está procurando llevar adelante las enseñanzas de Joseph Goebbels, haciéndonos ver que el mal que nos aqueja a Latinoamérica es el capitalismo.

 

A continuación transcribo algo con lo que coincido y que me llegó esta mañana en un mail y que corresponde a:  “Enfoque Internacional  –  Latinoamérica y el ‘fin del capitalismo’ –  Lunes,  2 de Marzo, 2015”. Que dice: “Lo más triste de las declaraciones del presidente saliente de Uruguay, sugiriendo que el capitalismo mundial está agonizando no es que lo haya dicho en momentos en que la bolsa de New York alcanzaba su récord histórico, sino el hecho de que se trate de una idea que está siendo repetida constantemente por varios presidentes latinoamericanos como si se tratara de una verdad incuestionable. El capitalismo tiene muchas cosas que pueden y deben mejorarse para hacerlo más ecuánime, pero los presidentes latinoamericanos deberían dejar de hablar sobre el inexorable fin del sistema y ponerse a trabajar — como los países asiáticos — para ser más competitivos en la economía global que tenemos”.

 

 

Miguel Aramayo

SCZ. 02-03-2015

 

28 Feb

Su cuento «Trenzaré mi Tristeza»

Siento deseos de expresar lo que burbujea en mi cerebro, algunas veces me siento inquieto al no poder escribir, o porque el trabajo me absorbe de tal manera que me anula como persona social y me hace ver que soy una persona de trabajo. En realidad soy un solitario que trabajo mucho, leo algo y escribo un poco.

 

Mi interior se revela al no poder escribir y la única forma de disminuir esa rebeldía, es leer, porque esa es otra forma de tranquilizar mi persona social y apartar mi personalidad laboral. Es así que logro durante un tiempo apartar la idea de escribir, de esa manera ahuyentó a las musas, pero ellas insisten y me presentan argumentos para tentarme.

 

A medida que pasa el tiempo, si la lectura es buena y el trabajo está al día, freno mis deseos de escribí, también pensando que si escribo no es solamente por una satisfacción personal, sino porque tengo algunas personas que reclaman mis escritos, una de ellas es mi madre que semanalmente se prende de las poquitas cosas que escribo durante la semana y si alguna vez no le puedo hacer esos envíos, en la conversación de los domingos me reclama.

 

Escribir también es una forma de almacenar recuerdos, pero no en el mismo disco, en el disco que se ira con nosotros cuando toque la hora de la partida, no, la escritura es la memoria en un disco externo, puede ser que nadie más lo use como un recuerdo, pero eso queda para la posteridad y más ahora con la tecnología que nos abruma, porque además del papel, queda en el disco de este computador, en la memoria de la “nube” y quizá en alguno de los almacenadores, como: Wikipedia, Google, Facebook y no sé cuantos más.

 

Lo más interesante de escribir, por lo menos eso es lo que me imagino, es que compartes con los demás lo que elaboró tu cerebro, que pueden ser memorias o recuerdos, anécdotas, cuentos de algo real o ficción. Además compartes los conocimientos que adquiriste por el transcurrir en la vida, por estudiar o por leer. De esa manera el esfuerzo que hubieras puesto tiene un uso real. Además puedes compartir por esta vía lo escrito por los demás y que valga la pena compartirlo.

 

Hace un momento leí algo, algo que me parece bueno compartirlo con quienes me leen, Es algo escrito por Paola Klug, su cuento “Trenzaré mi Tristeza” y dice así: “Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiese triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello; de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los haría llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no son ciertas, que no se meta entre tus manos  -me decía- porque puedes tostar demás el café o dejar cruda la masa; y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo.

 

Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello, atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar cuando el viento del norte pegue con fuerza, como  las raíces del ahuehuete y suave como la espuma del atole.

 

Que no te agarre desprevenida la melancolía mi niña, aun si tienes el corazón roto y los huesos fríos por alguna ausencia. No la dejes meterse en ti con tu cabello suelto porque fluirá en cascada por los canales que la luna a trazado entre tu cuerpo. Trenza tu tristeza, decía siembre, trenza tu tristeza…

 

Y mañana que despiertes con el canto del gorrión la encontrarás pálida y desvanecida entre el telar de tu cabello. Trenza tu tristeza, decía, siempre trenza tu tristeza…”

 

Miguel Aramayo

SCZ. 28-02-2015

 

28 Feb

Un sueño.

Estaba en Asunción del Paraguay, me acompañaban otras personas más, todos parientes, entre medio dos de mis nietos, solamente reconocí el rostro de tres de las cinco que me acompañaban, además de una cantidad de otras caras que vi, pero sin mirar.

 

El hotel donde nos hospedábamos era algo que estaba próximo al mercado, al rio, en la zona donde se observan indígenas semidesnudos y comercio de muchas chucherías, artesanías típicas, frutas, comidas. El hotelito era de un solo piso, una construcción muy antigua con dos patios interiores y las habitaciones alrededor de esos patios, en ambos patios, muchas sombrillas y mesas. En las esquinas espacios improvisados con sofás, como para mantener una reunión o por lo menos una tertulia.

 

El mercado, muy similar al estilo del mercado de La Ramada en Santa Cruz, toldos precarios entre las veredas y la calzada, taxis de un color amarillo intenso con el techo negro, otros vehículos parados en la otra vereda, con carga de mercaderías, en su mayoría de gente que también comerciaba.

 

La gente vestida de forma muy improvisada, la mayoría de los hombres con las camisas afuera del pantalón y con los botones despegados, mostrando parte del pecho, las mujeres con batas muy livianas que no dejan apreciar su figura, pero si se las distingue muy erguidas y de largas y negras cabelleras, sin maquillaje y casi ningún adorno, la mayoría de la gente de tez morena, o por la roza o el efecto de los rayos del sol. La mayoría de la gente calzando chinelas o alpargatas.

 

Esto que les cuento es un sueño, un sueño que tuve muy temprano esta mañana, por lo tanto todo lo que describo pasó por mi mente a gran velocidad y lo que me hizo recordarlo, es que uno de los miembros de mi grupo familiar, la que poseía cabellera rubia, necesita pagar algo y el que cobraba no quería recibirle en moneda y billetes chicos y quería que le paguen con un billete de cincuenta. Yo me ofrecí pagar, pero en la billetera tenía un montón de billetes y fuera de mi costumbre, todos desordenados.  Todos eran de colores muy fuertes, guindo, rojo, naranja, celeste. Como no conocía el corte de los billetes me resultaba imposible identificar por el color el corte que requerirá.

 

Esto sucedía, mientras salíamos del hotel y enfilábamos por la calle, que si no me equivoco desemboca en el mercado, una calle de mucho movimiento, pero que en ese momento de la mañana estaba despejada. Recuerdo un edificio blanco, que daba la impresión de ser algo importante, de horcones altos, la construcción con una cúpula como si fuera una iglesia, pero afuera se veían varios mástiles metálicos con banderas, rojo blanco y azul, la bandera del Paraguay.

 

El cobrador caminaba tras de mi mientras yo buscaba el billete, extraje uno que estaba rasgado, pero completo, que equivalía a veinte veces lo que él requería y no tenía el vuelto, entramos a una confitería y nos acercamos a la caja, para cambiarme el billete roto me cobraba veinte, acepté, pero el cajero trató de burlarse de mí, dándome un billete del mismo color, pero con valor muy inferior, le reclamé y me dio un montón de billetes de corte de diez, mientras los ordenaba para formar montones de cien hasta completar los mil. El cobrador me miraba impaciente, el cajero me mira en forma burlona y mi grupo familiar esperaba en el dintel de la puerta, con señales de aburrimiento. Cuando sólo me faltaban contar veinte billetes para terminar, me despertaron a la realidad y el sueño se esfumo.

 

Desperté preocupado, porque aparentemente el cajero del boliche me había engañado, al despertar también se había esfumado el cobrador y no recordaba donde puse la billetera que albergaba el fajo de billetes de diferentes cortes.

 

Que despertar abrupto, hubiera querido poder completar la transacción y acomodar mi billetera, como es mi costumbre poniendo los billetes de corte mayor en la parte interior y los de cortes menores encima el uno del otro, de manera que al doblarlos quedará a la vista el de menor corte, para cuando alguien viera la billetera, no se fije en el fajo, sino en el billete de menor corte. Otra cosa que me sorprendió de mi sueño, era que todos hablábamos en un portugués fluido, incluso los personajes paraguayos.

 

¡Qué lindo sueño!

 

 

Migue Aramayo

SCZ. 28-02-2015 Cumpleaños de mi amigo José Garcia.

 

27 Feb

Álvaro Uribe Vélez.

Acabo de leer un libro escrito por el ex presidente de Colombia, que titula: “No hay causa perdida”. Es un libro que contiene su auto biografía desde cuando la guerrilla asesinó a su padre, hasta que el dejó la presidencia de su país, en segundo mandato.

 

Agradezco haber tenido la oportunidad de leer ese libro, gracias a un gran amigo colombiano, que sabiendo que desde que Uribe fue presidente de su país, yo seguí su caminar y siempre supe, que lo que hacía era bueno y tendría resultados favorables para ese país, que es tan lindo, con gente tan especial y al mismo tiempo, con la desgracia de estar estigmatizada por el narcotráfico y la guerrilla, guerrilla que en el transcurso del tiempo va cambiando de nombres, pero siempre con la misma saña, el mismo odio perverso, sin sentido, con la única ideología de la droga y la maldad.

 

Una gran parte de lo que relata el libro, me resultaba conocido, porque como dije, he seguido los pasos y peripecias por las que ha tenido que pasar Uribe, en sus dos mandatos presidenciales. Algo que no relata el libro, pero que también se me quedó en la memoria, pese a que no nombra a nuestro presidente, ni una sola vez, pero que lo vi en una cumbre de presidentes, que se le acercó a nuestro presidente, que se encontraba sentado en una sillón, como si lo hubieran reteado y lo tomó del brazo, para integrarlo a un grupo de presidentes, con los que Uribe estaba compartiendo en un momento de descanso.

 

Por una extraña casualidad siempre tuve una cierta relación con Colombia, cuando tenía unos 16 años, la esposa del embajador de Colombia me vio bailando una cumbia, que si no me equivoco se intitula “La pollera colorá” y me pidió, que en un acto en el auditórium de la Biblioteca Municipal de La Paz, bailara esa pieza en representación de Colombia. La señora del embajador se preocupó de darnos las instrucciones de vestimenta a los dos que bailamos esa cumbia; incluso ella me dio el sombrero colombiano. Eran un baile con velas encendidas al estilo tradicional colombiano.

 

Posteriormente, unos amigos muy queridos, se trasladaron a Bogotá, porque en Bolivia fue nacionalizada la empresa petrolera “Bolivian Gulf Oíl Co.” Y mi amigo tuvo que ser trasladado  por temas laborales y se fue con toda la familia; la mujer y cuatro hijos, todos muy chicos que se educaron allá. En una oportunidad se presentó la posibilidad de viajar de turismo y pude conocer Cali y Bogotá y quedé gratamente impresionado, pero en ese entonces era un lugar sumamente peligroso. Lo que más me impresiono de su gente es la cordialidad y educación, me sentía de la nobleza cuando en los negocios me decían: “¿Se le ofrece a su merced?”. De Cali me asombró la cantidad de mujeres lindas y eso que aquí en Santa Cruz existe la misma característica. También tuve la oportunidad de ir a una corrida de toros y hasta ahora mi mujer, mi madre, mi hermana y mis cuñadas, tienen anillos de esmeralda que compré allí y una Virgencita de madera que está en el velador de mi mujer.

 

Después leí muchos de los libros escritos por Gabriel Garcia Márquez, recuerdo incluso, una frase del él que dice: “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”. También me tocó trabajar con mucha gene de Colombia, de empresas colombianas que estuvieron en Santa Cruz y de las cuales  me quedaron muy buenos amigos, como el amigo que me obsequio el libro de la vida de Uribe.

 

A mi criterio, Álvaro Uribe, fue uno de los mejores presidentes latinoamericanos y hasta me animo a decir, que uno de los mejores presidentes del mundo. Lo que logró hacer en Colombia, es digno de alabanza y no sólo de alabanza, sino de ejemplo. Hombres como ese deberían tener todos los países de Latinoamérica, que sean presidentes en cada uno de nuestros países, para lograr en dos periodos presidenciales, hacer lo que él hizo.

 

Si alguna vez, se les presenta la oportunidad de leer el libro que menciono, no lo dejen pasar, verán que lo que expreso ahora, no es mentira, ni simple alabanza. Desde luego que me gustaría sobre manera, que esto que expreso de ese hombre, algún día le pueda llegar a él, porque lo digo y lo hago de corazón.

 

Miguel Aramayo.

SCZ. 26-02-2015 Día de la fundación de Santa Cruz de la Sierra (454 años).

 

17 Feb
15 Feb

Obsesionado por el amor.

Revisando en la historia y la leyenda sobre grandes amores, encontré algunos que realmente me sorprendieron, quizá mucho más que Romeo y Julieta, que no es más que una novela de a imaginación de Chaspare. El tema es muy extenso y se encuentran historias (más…)

14 Feb

El agua y la vida.

La vida es como un manantial, fluye y transcurre sin apuros, su devenir es constante y más o menos uniforme, no sale a borbotones y tampoco es torrentoso como un rio, pero la tranquilidad con que transcurre, es constante y benéfica para la naturaleza. (más…)

14 Feb

El fiscal Nisman.

¿Habrá silla de ruedas para imputados e imputadas? O ¿será directamente la audiencia cautelar para privarlos de libertad o darles medidas sustitutivas?. Prisión preventiva para todos en Olivos, de esa manera podrán elucubrar y recibir la ayuda de Irán (más…)

13 Feb