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Bonita historia

30 Jul

Bonita historia

Bonita historia

 

Era una noche fría, afuera el cielo se mostraba totalmente negro, no alumbraba ni una estrella, era como si no existiera la luna y que la vía láctea se encuentre en otro universo. Era tan negra, pero tan negra la noche, que hasta se podía tocar esa oscuridad. 

 

Adentro de la casa, en una pequeña habitación junto a la despensa, un cuartito con una mesa estrecha y varias sillas, donde la familia que era numerosa se juntaba para compartir, porque era un lugar acogedor donde se conservaba el calor y se unían más los corazones de los que participaban de la tertulia. 

 

Esa noche, todos sentados tomaban café, menos la abuela Mercedes, que mateaba, en un poro de calabaza con una bombilla de plata, muy cerca el termo con agua caliente y más allá la caja con la yerba y el azucarero, porque a ella le gustaba el mate dulce. 

 

­La abuela dijo —alquílenos me tocó el hombro.

 

—nadie, respondieron todos, casi al unísono.

 

—pero yo sentí el empujoncito, —alguien me quiere asustar. 

 

—Blanca dijo: es tu impresión, o quieren despedirse de vos. 

 

—No es chiste hija, sentí muy claramente. —¿qué es de Petiso?

 

Petiso era el perro de la abuela, su adulado, porque también había un Gran Danés, más viejo que el sur, ciego, sin dientes y con un ladrido que no asustaba ni a las pulgas, pero también era tan querido como el otro perro.

 

Jorge salió a buscar a Petiso y lo encontró en el solario, donde siempre dormía, acurrucado sobre su pellejo, pero ya no están, había partido a la eternidad. Acariciándolo comprobó ese hecho y con mucha tristeza, con el pulso alterado, partió a comunicar el hecho al saldo de familia, que quedó esperándolo.  

 

Ni bien comunicó la noticia, la abuela arrancó en un tremendo y sonoro llanto. Todos quedaron impactados en profundo silencio. Miguel muy cariñosos, abrazo a la abuela para consolarla y ayudar a seguir llorando a dúo. 

 

Desde esa noche aciaga han transcurrido algo como 74 o 75 años, pero en mi mente perdura ese recuerdo y me animo a decir que en mis oídos todavía percibo el llanto de mi abuela y siento el vaho de su aliento con la fragancia de la yerba mate y un dejo de tabaco rubio. Siento en mis mejillas la humedad de sus lágrimas y el temblor de sus manos mientras se abraza a mí.

 

Así como ese recuerdo, tengo en mi mente y en mi corazón, montones de otros recuerdos, que como los almaceno en alma, podría describirlos con la misma vivencia y nitidez de cuando sucedieron y quedaron gravados en mis neuronas y guardaos con tremendo cariño. 

 

Miguel Aramayo

SCZ.01-05-2024 día del trabajo. 

 

 

Saludos.