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1 Ago

El matrimonio como institución

El matrimonio como institución

 

Por pura curiosidad quise averiguar qué características tiene el matrimonio para algunas religiones. Básicamente todo lo que pude analizar tiene mucho de parecido entre una y otras, lo que me da a entender que es: un pacto, un contrato, una alianza, un sacramento, sagrado. Solo el budismo dice que no es un asunto religioso, sino una unión civil y personal. También expresan que es la unión de por vida entre un hombre y una mujer, que se constituye en el pilar fundamental de la procreación y la familia.

 

El matrimonio es una institución compleja. Desde la fisiología, se le ve como un vínculo que regula los instintos reproductivos y genera beneficios tangibles para la salud física y mental. Desde la filosofía, se debate sobre el compromiso ético, la libertad individual y la construcción conjunta de la felicidad.

 

En la religión judía, el matrimonio es un pacto sagrado llamado Kidushín. Une a dos mitades para crear un todo. No es solo un contrato legal. Es una unión espiritual y el pilar principal de la familia para cumplir el mandato de crecer y multiplicarse.

 

El matrimonio católico es una alianza sagrada entre un hombre y una mujer. Es un sacramento (signo visible del amor de Dios). Sus pilares son la unidad y la indisolubilidad (es para toda la vida). Une a la pareja para el amor mutuo y para tener y criar hijos.

 

El matrimonio en el islam es un contrato legal y sagrado entre un hombre y una mujer. Su propósito principal es encontrar paz, amor y misericordia. Además, es la base para formar una familia y una forma de protegerse del pecado.

 

Para el budismo, el matrimonio no es un sacramento ni una obligación religiosa, sino un asunto civil y personal. Buda no creó reglas para casarse, pero sí enseñó valores como el respeto mutuo, la fidelidad y la compasión para lograr un matrimonio feliz.

 

En el hinduismo, el matrimonio (o Vivaha) no es un simple contrato, sino un sacramento sagrado. Es una unión eterna de dos almas destinada a durar siete vidas. Su objetivo principal es cumplir el Dharma (el deber religioso y moral) juntos y formar una familia para servir a la comunidad.

 

En la religión ortodoxa, el matrimonio es un «Santo Misterio» (sacramento). Une a un hombre y una mujer ante Dios en una unión sagrada e indisoluble. La ceremonia destaca por la coronación de los novios, simbolizando el sacrificio y la realeza del nuevo hogar, y las tres vueltas al altar, representando a la Santísima Trinidad.

 

Para la religión anglicana, el matrimonio es una unión de por vida entre un hombre y una mujer, instituida por Dios. Sus propósitos principales son el gozo mutuo, la ayuda mutua, la procreación de hijos y la provisión de un ambiente estable para la familia. Se le considera un símbolo del amor entre Cristo y su Iglesia.

 

Me nació el deseo de averiguar sobre este asunto porque siempre lo vi como algo sagrado impuesto por Dios, al crear al hombre y la mujer y haberles ordenado: Creced y multiplicaos. Además, hoy se casa una de mis nietas en Buenos Aires y Otra nieta se casa mañana a en Santa Cruz. Yo cumplí 59 años casado y agradezco a Dios por este hecho.

 

Miguel Aramayo

SCZ. 03-07-2026

 

1 Ago

Pequeño cuento

Pequeño cuento

 

Alguien caminaba por el espacio y vio a un mendigo, parecía cantar o tocar un instrumento musical que era invisible, unas veces sonaba como piano y se escuchaba como Chelo, su eco era de violín. Se aproximó a él y supo que sus sonidos eran quejidos, que no tenía ningún instrumento, pero su garganta emitía sonidos, melodías, acordes, con tonalidades tan bellas. No quiso interrumpirlo, pero se detuvo para escucharlo y apreciar los bellos sonidos que brotaban de su garganta. Era un milagro, no podía ser que un ser humano se convierta en una orquesta, lo que sus oídos apreciaban en ese instante era acordes musicales de una belleza sin comparación.

 

Quedó extasiado, inmóvil, incapaz de comprender lo que estaba presenciando, las bellas melodías que encantaban sus oídos y exaltaban sus sentidos y sentimientos. No podía comprender lo que le sucedía, era como una trampa que le había puesto el destino, como que Dios quería probar su capacidad de apreciar la música, diferenciando el sonido de varios instrumentos y poder elegir cual producía mejores efectos en su ser.

 

Mientras escuchaba al mendigo, el tiempo pasaba y en su memoria surgieron unos ojos verdes y el recuerdo de viejos boleros, esos ojos eran los causantes de que se encuentre en ese lugarcito del espacio sideral, pero a su vez sintió que esos ojos se habían borrado, con el tiempo se difuminaron como si fueran nubes que se lleva el viento y en su lugar emergía el rostro de otra persona. Reconoció que ella le ofreció un amor que nunca hubo imaginado, ni soñado, pero que se convirtió en realidad, en la realidad que estaba viviendo desde mucho, muchísimo tiempo.

 

Se dio cuenta del increíble poder que tiene la música. El cerebro procesa los ritmos incluso antes que el lenguaje, activando simultáneamente áreas emocionales, de memoria, y evocan recuerdos profundos. El sonido de un instrumento es más que un simple estímulo: es una onda que transmite vibraciones a todo el cuerpo. La música es el lenguaje universal capaz de modificar emociones y unir a las personas.

 

Comprendió que la música y los sonidos moldean nuestra realidad a nivel neurológico y físico. Son capaces de alterar nuestro estado de ánimo, modificar la actividad cerebral, liberar hormonas del bienestar como la dopamina. El poder de la música abarca múltiples dimensiones de nuestra vida, cuerpo y mente. Escuchar o interpretar música estimula múltiples redes cerebrales de forma simultánea, incluyendo áreas vinculadas a la memoria, la emoción, la cognición.

 

Los quejidos del mendigo lo cautivaron en la inmensidad del universo que en ese momento habitaba y lo dejaron pensando que si ese hecho era real o simplemente una ensoñación de las tantas que gobiernan su imaginación o el mendigo era su amigo el Ser Chiquito, disfrazado para jugarle una broma y lo que escuchaba era un dispositivo digital oculto entre los harapos que lo cubrían en ese momento.

 

Miguel Aramayo

SCZ.14-07-2026

 

1 Ago

Tengo un corazón a flor de piel

Tengo un corazón a flor de piel

 

Algunas veces como ahora, no escribo solo porque me gusta, escribo porque siento la necesidad de expresar lo que llevo dentro, lo que me hace pensar y tener la seguridad de que soy hijo de Dios, que él me creo con un objeto, una finalidad, no solo porque se juntaron dos genes, por el fruto del amor de una pareja. Creo que, si tuve la suerte de saber escribir, debo plasmar en letras lo que llevo en mi cerebro y lo que dicta mi corazón.

 

Hoy desperté igual que todos los días —todos los días lunes— pensando en que debo trabajar, porque eso es lo más importante en la vida de un hombre, aunque lo realmente importante es despertarse pensando en los demás, no solo en los seres que nos rodean y que dependen de nosotros, —NO— pensando en todos nuestros semejantes.

 

Tuve la suerte de escuchar: el discurso del médico pediatra argentino Dr. Abel Pascual Albino, en el Senado de Argentina, y del capitán de la Marina estadounidense, Victor Glover, piloto de la histórica misión Artemis II de la NASA, que habló desde el espacio.

 

El primero se expresó sobre el cuidado que debe tener un ser humano desde que es gestado hasta sus dos años, para proteger su cerebro y seguir cuidándolo con buena alimentación, pero no solo de pan, sino de cariño para que tengan un adecuado desarrollo y pueda seguir progresando con una educación, que sin alimento y cariño la educación podrá hacer muy poco.

 

El eje central de su discurso fue que la desnutrición infantil en los primeros años de vida tiene efectos irreversibles en el desarrollo físico y cerebral. Sostuvo que los primeros 1000 días (desde el embarazo hasta los 2 años) son decisivos para el futuro de una persona.

Planteó que el hambre no es solo falta de comida, sino también mala alimentación, falta de educación, higiene y estimulación, y que esto impacta directamente en el aprendizaje y el rendimiento escolar.

Propuso que para un desarrollo infantil adecuado se necesitan condiciones básicas: buena nutrición, educación, agua potable, saneamiento y acceso a la salud (como vacunas).

 

El capitán de la misión Artemis II dijo: Hay algo profundamente conmovedor en imaginar a un ser humano alejándose de la Tierra… viendo desde el silencio del espacio aquello que nosotros, muchas veces, damos por sentado.

Cuando alguien ve la Tierra desde lejos, sin fronteras, sin ruido, sin divisiones…comienza a verla como realmente es: un regalo.  Un oasis suspendido en la nada. Una «nave« cuidadosamente diseñada donde habita la vida… donde habita el amor… donde habita el propósito.

Qué contraste tan poderoso… Mientras la humanidad busca explorar otros mundos, Dios sigue recordándonos cómo vivir correctamente en este.

«Señor, perdóname por las veces que he vivido sin asombro, sin detenerme a ver Tu mano en todo lo que me rodea. Gracias por este mundo que creaste con tanto detalle, por la vida que me diste, y por recordarme, incluso desde el espacio, que lo más importante no es llegar más lejos…

sino amar más profundo. Enséñame a amarte con todo mi corazón, y a ver a los demás con tus ojos. Que nunca olvide que vivo en un milagro… y que fui creado para reflejar Tu amor». Amen.

 

Esas dos personas con sus palabras me impactaron e hicieron que me decida a escribir, expresando mi opinión. Lo único que se me ocurre es decir que, debemos pensar, amar y orar, en lo posible colaborar.

 

Miguel Aramayo

SCZ.20-04-2026

 

1 Ago

Las alforjas del cuentacuentos

Las alforjas del cuentacuentos

 

Cuentos para niños que serán adultos (Autor: Carlos Vidal) Este es un libro que lo leí hace 20 años, en una vacación con mi nieto mayor, que en ese entonces tenía 11 años. Considero muy importante contarles o leerles cuentos a los niños. La mayoría de los cuentos antiguos, dentro de la ficción tiene una enseñanza, todos ellos encierran una moraleja, un ejemplo, un concejo, una recomendación.

 

Yo tuve una abuela que me contaba historias de su familia y me relató muchas veces la guerra del Pacifico, contienda que ella la vivió siendo una adolescente y que la afecto tremendamente porque al ser peruana la vivió a cada momento. Ella no sabía contar cuentos, pero me distraía con las historias de sus parientes y amigos en Arequipa, Lima, Buenos Aires y La Paz De sus viajes y anécdotas. Cuando no tenía que contarme, me hacía leer el Manuel de urbanidad y buenas costumbres de Carreño, un libro por demás de viejo y casi deshojado por tanto que lo hacía leer a su hija, sus nietos y a mí.

 

La abuela Mercedes me hacía leer cuentos interesantes, como los cuentos de piratas: Barba Negra, Barba Roja y Barba Azul, que mezclan aventuras, tesoros y leyendas, a menudo adaptados en relatos infantiles cómicos o clásicos de terror. Destacaban historias como «Barbanegra y los buñuelos» de Ema Wolf, el cuento de la bruja y «Barba Roja», o la historia clásica de Barba Azul de Charles Perrault. Y para mantenerme quieto y distraído me hacía leer en voz alta un libro grueso de hojas delgaditas «Don Quijote de la mancha».

 

Mi madre, me contaba cuentos que se inventaba, pero ella prefería leerme poesías o repetirme letras de canciones de esa época. También me leía algún libro, novela o cuento, el mismo que duraba varios días, pero cada noche antes de dormir me hacía recordar lo último que me leyó y continuaba con la lectura, después rezábamos, casi siempre las mismas oraciones, pese a que ella no asistía a misa todos los domingos.

 

Cuando mis nietos se quedaban a dormir en mi casa yo le contaba o les leía cuentos y también les compraba cuentos para que ellos vean los dibujitos o cuando ya leían con algo de letras. Así nació mi afición por escribir y poco a poco llegué a llenar varias páginas con cuentos cortos que, luego dieron origen a un libro de cuentos que denominé «El Gallo Nigüento», el que se sacó las niguas y quedó contento.

 

De esa manera me nació la afición por escribir y desde ese entonces no paro, llegando a publicar 12 títulos cada uno de más o menos 250 páginas y tengo por publicar 4 libros que ya los completé y por lo menos otros cuatro que están por compaginarse. Tuve un gran amigo —con el cual soñé anoche— que leía todo lo que escribía y me comunicaba las primeras correcciones de ortografía —que la tengo pésima— y también recomendaciones sobre redacción. Ahora que está en la eternidad lo extraño y puedo decir que me producción literaria decayó desde que ya partió al más allá, dejando un gran vacío.

 

Una amiga fue la que me animo a publicar lo que escribía, incluso me propuso que escribamos juntos un libro de cuentos y me dio a leer varios que había escrito ella cuando estaba en colegio, de los cuales muchos estaban premiados. Ahora ella vive afuera y ya tiene dos hijos que ya deben estar escribiendo cuentos, como su madre o quizá igual al abuelo que escribía sobre política.

 

Miguel Aramayo

SCZ.27-04.2026 Mañana cumpleaños de mi primer nieta. Casada y lejos de aquí.

 

1 Ago

Escribiendo macanas

Escribiendo macanas

 

El tiempo pasa, inexorable, y yo voy montado en ese potro —no de ahora, sino desde siempre, desde que soy yo—. Comencé como un niño inquieto, desobediente, mentiroso y hablador, pero también soñador.

 

Con el paso de los años y la experiencia acumulada, esas características se acentuaron; sin embargo, fui moldeándome para pulirlas, o al menos eso quiero creer hoy, después de tantos años. Siempre con la mirada puesta en el futuro, como en este mismo instante.

 

No vale la pena repetir mi historia: la he contado innumerables veces. Por lo tanto, hoy no tocaré ese punto.

 

Han pasado ya más de 75 años desde que fui aquel niño con uso de razón, y casi sigo siendo el mismo, atravesado por veranos, otoños y primaveras que se han ido posando en mi memoria como hojas sobre un río.

 

Hace 55 años dejé atrás la juventud, con sus rasgos propios: voluntarioso, impulsivo, apasionado; siempre inquieto y mentiroso, al punto de creerme mis propias historias. No había perdido esas mañas pese al tiempo transcurrido. Continuaba soñador —virtud o defecto—, y aún hoy, a pesar de los años, sigo cultivando esa forma de ser. Tal vez, como dice el refrán, «genio y figura hasta la sepultura», o como advierte otro adagio: «el zorro pierde el pelo, pero no las mañas».

 

Hace 20 años entré en la tercera edad, aunque entonces no lo noté. Solo hace unos cuatro años empecé a reconocer que estaba envejeciendo. Prefiero no detenerme demasiado en esa idea y, fiel a mis mañas, elijo seguir mintiéndome un poco: necesito vivir unos diez años más para cumplir todos mis planes. Después —lo prometo— dejaré las mentiras y mis viejas costumbres, y esperaré a que Dios me llame para llevarme a sus dominios.

 

Así es la vida: pasa. Y quizá la mejor manera de atravesarla no sea pensar demasiado ni afligirse, sino confiar —con fe serena— en uno mismo y en los demás.

 

No pretendo dejar recuerdos. Quisiera llevármelos todos conmigo, y que aquí queden apenas algunas fotos y las chompas que me tejió mi madre, para que sigan abrigando a quienes sientan frío… como un último gesto tibio contra el paso del tiempo.

 

Miguel Aramayo

SCZ.05-05-2026

 

1 Ago

Otra nota sobre mis sentimientos

Otra nota sobre mis sentimientos

 

Siempre pienso que Dios me tiene entre sus preferidos, porque son muchas las casualidades y causalidades que hacen que, cuando tengo algún apuro, inmediatamente encuentre una solución. No cabe duda de que no necesito pedir ayuda, porque esta llega de manera casi automática.

 

Por ejemplo, el jueves, después del almuerzo, tuve un problema con la hernia de hiato que me diagnosticaron hace aproximadamente 25 años. Desde entonces, solo había tenido algunas molestias en contadas ocasiones; me animo a decir que apenas tres o cuatro veces durante todo ese tiempo. Sin embargo, este año comenzó a molestarme con mayor frecuencia y, en los últimos días, casi a diario.

 

El jueves me asusté y tuve que recurrir al médico. Me internaron por un día para realizarme una endoscopia. Sin necesidad de intervención médica, unas seis horas después mi salud se normalizó, aunque me colocaron suero y algunos medicamentos leves. El viernes me hicieron el estudio y el diagnóstico resultó ser el mismo de hace 25 años, sin ninguna modificación grave. Aun así, pasé mucho miedo, aunque por suerte ya todo pasó.

 

Estoy leyendo una novelita muy bien escrita, que me llena «la casita del ojo». Es de Alyson Richman y se titula Los amantes de Praga, de la editorial Booket. El tema es estremecedor, pues muestra el sufrimiento indecible que golpeó a los judíos que vivían en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Son muchos los libros que relatan hechos de esa época oscura del nazismo y el inaudito exterminio de personas inocentes, como los judíos, los gitanos y muchas otras comunidades, e incluso de los propios alemanes que se oponían al Holocausto.

 

Ahora ha pasado el tiempo y aquellos hechos parecen ir borrándose de la memoria colectiva. Incluso hay quienes les restan importancia o niegan que hayan ocurrido de esa manera. Sin embargo, los relatos, las noticias, la historia y las pruebas de los hechos demuestran que todo fue real y que causó un enorme dolor a la humanidad, o al menos a una gran parte de ella.

 

Yo nací casi un año antes de que terminara la guerra, por lo tanto, durante los primeros años de mi infancia supe de esos acontecimientos y tuve la oportunidad de compartir con varios judíos que lograron escapar de aquella masacre. Muchos de ellos sufrieron enormemente, porque perdieron casi todo lo que tenían y tuvieron que comenzar de nuevo desde cero.

 

Pienso en el gran sufrimiento de quienes estuvieron en los campos de concentración, pero también imagino el dolor de aquellos que tuvieron que huir, dejando atrás a seres queridos que quedaron atrapados en la vorágine de las SS.

 

Mientras leo la novelita mencionada, reflexiono sobre el tremendo sufrimiento físico y psicológico que padecieron quienes estuvieron en los campos. Día tras día veían morir de inanición, enfermedades, torturas o ejecuciones a amigos y familiares.

 

Conocí a una persona que estuvo en los campos de concentración y logró salvarse gracias a la invasión de los rusos y los estadounidenses. Era la suegra de un amigo, y llevaba en su brazo el famoso tatuaje con el número que les asignaban a los prisioneros.

 

Esa señora, que vivió un tiempo en Tarija, vio en televisión un programa grabado dos años antes: era un festejo de judíos en Nueva York, y allí reconoció a un hermano al que creía muerto. Días antes de la liberación, lo había visto caminando en la fila que conducía a los hornos crematorios. Logró contactarse con él y viajó desde Bolivia a Estados Unidos para reencontrarse después de más de 35 años.

 

Miguel Aramayo

SCZ.09-05-2026

 

1 Ago

Y Dios creo al hombre y la mujer

Y Dios creo al hombre y la mujer

 

Muchas veces me pongo a pensar en la «inmortalidad del cangrejo», son ideas que tengo metidas en mi cerebro y otras veces chifladuras que se me ocurren pensar cuando tengo mi mente divagando, por simple ociosidad. Lo que expresaré ahora corresponde a uno de esos pensamientos.

 

Dios creo al hombre y lo doto de un cuerpo —que modelo de arcilla— un alma y algo muy escondido que yo lo denomino intimidad. El cuerpo es visible y perecedero, el alma es invisible para el saldo de los humanos y solo percibida para que la vea y la cuide Dios, es eterna. La intimidad es perecedera y solo le pertenece a cada hombre y tiene varias divisiones: pude ser intimidad fisiológica, intimidad sentimental y quizá de otros tipos. No es la conciencia y en general no es autónoma depende del sistema límbico y se maneja más que todo por la producción hormonal de cada persona. El espíritu es el canal de comunicación con Dios.

 

Según la tradición bíblica (Génesis 2:7), Dios creó al ser humano formado del polvo de la tierra (cuerpo físico) y sopló en su nariz aliento de vida, convirtiéndolo en un ser viviente con alma y espíritu. Esta unión constituye una unidad indisoluble, creando al hombre a imagen y semejanza divina, dotado de inteligencia y voluntad.

 

La diferencia entre alma y espíritu: radica en que el alma es la esencia individual, sede de la personalidad, mente, emociones y voluntad, mientras que el espíritu es la parte más profunda e inmaterial que conecta con lo divino o trascendente. En un sentido tripartito (cuerpo, alma, espíritu), el alma nos relaciona con el mundo y el espíritu con Dios.

 

El alma y el espíritu son los dos principales aspectos inmateriales que la Escritura atribuye a la humanidad. Puede ser confuso intentar distinguir las diferencias exactas entre los dos. La palabra «espíritu», se refiere sólo a la parte inmaterial del hombre. La raza humana tiene un espíritu, pero nosotros no somos un espíritu. Sin embargo, en la Escritura, sólo los creyentes, aquellos en quienes habita el Espíritu Santo, se dice que están «espiritualmente vivos» (1 Corintios 2:11; Hebreos 4:12; Santiago 2:26), así como los no creyentes están «espiritualmente muertos» (Efesios 2:1-5; Colosenses 2:13). En los escritos de Pablo, el «espíritu» era el eje de la vida espiritual de un creyente (1 Corintios 2:14; 3:1; Efesios 1:3; 5:19; Colosenses 1:9; 3:16). El espíritu es el elemento que le da al hombre la habilidad para tener una relación íntima con Dios. Siempre que se usa la palabra «espíritu», se refiere a la parte inmaterial del hombre que se «conecta» con Dios, quien en sí mismo es espíritu (Juan 4:24).

 

Pienso que la amígdala cerebral y el hipotálamo son las partes del cuerpo humano que se conecta espiritualmente con dios y que son los órganos que alberga el alma humana. Es parcialmente correcto decir que la amígdala comanda el sistema límbico, pero en realidad es un componente central clave. La amígdala funciona como un centro de procesamiento de emociones intensas, especialmente el miedo, la ira y la alerta, pero el sistema límbico funciona como una red coordinada que incluye otras estructuras fundamentales. La amígdala procesa emociones, especialmente el miedo, el peligro y la memoria emocional, mientras que el hipotálamo regula funciones fisiológicas de supervivencia como el hambre, la sed, la temperatura y la liberación de hormonas.

 

Y termino diciendo que: Creo que la intimidad depende directamente del hipotálamo, por eso digo que no es autónoma y que forma parte del sistema límbico. El cuerpo depende del cerebro y el alma de la amígdala cerebral. El espíritu es el canal de comunicación con Dios.

 

Miguel Aramayo

SCZ.13-05-2026

 

1 Ago

Una extraña carta

Una extraña carta

 

Encuentro en el cajón de mis recuerdos un sobre que alguna vez fue blanco, pero que ahora está amarillento, los años lo hicieron añejo. Lo tomo con mucho cuidado, como si al hacerlo pudiera dañar su contenido. No tiene ningún sello postal y la dirección está borrosa, como si a la tinta y hubiera caído una gota de agua, o quizá una lagrima, lo que estaba escrito está difuminado y no se entiende lo que pudo haber expresado. Rotulada a mi nombre como si lo hubiera escrito otra persona para mí, pero al observar el reverso no encuentro el nombre, ni la dirección del remitente, como se acostumbra normalmente. Con mucho cuidado y sin rasgar el papel lo abro, aprovechando que el tiempo desapareció el pegamento que tiene los sobres en la pestaña que cierra.

 

Con el lugar y la fecha de cuando fue escrita hubieran tenido la misma causa de la dirección en el sobre. Antes de comenzar la lectura trato de serenarme, porque mi pulso tiembla se aceleró y  mi corazón, mi viejo corazón, que funciona gracias al montón de medicamentos que le suministro diariamente. Aparentemente, es una carta que escribí yo mismo y que está dirigida a mi madre. Cierro los ojos y como si fuera una realidad me veo sentado en mi escritorio y a mi alrededor varios de mis seres queridos, lo veo a mi padre con sus lentes rayban y un destornillador en la mano, a mi madre con un mandil en el que del bolsillo se distingue un par de palillos y un trozo de lana colgando, es de color palo de roza; también están mis hermanos, discutiendo como era su costumbre. En el mismo lugar distingo a mi abuelo Carlos, la abuela Merces y también la bisabuela Eloisa. Todos ellos me miran como esperando que dé comienzo a lectura del papel que porto en las manos.

 

Querida mamá, han pasado tantos años desde la última vez que te escribía una carta; cuando estuve en Buenos Aires lo hacía cada quince días, porque en el mismo tiempo recibía tu respuesta, que esperaba con ansias, después cuando estuve en Santa Cruz y la comunicación telefónica era imposible, te escribía una vez a la sema y puntualmente recibía tu respuesta, pero esta llegaba al tercer día de la que yo enviaba. Cuando pudimos tener comunicación telefónica dejamos de escribirnos cartas, pero hablamos una vez a la semana y durante mucho tiempo, pero seguí enviando lo que escribía y de vez en cuando te mandaba una poesía que te la dedicaba.

 

A mi padre solo le escribí una vez, pidiéndole permiso para casarme y durante mucho tiempo conservé su repuesta, muy escueta, pero expresando lo que realmente sentía para mí. Me resulta extraña la visita de todos los parientes y tengo la plena seguridad que son ellos que tuvieron la oportunidad de presentarse a mí de esa manera, pareciera un sueño, pero tengo la seguridad, la convicción de que son ellos y están conmigo. Cuando algunas veces los veo en sueños, con relativa frecuencia, no los veo a todos juntos, sino que los veo de uno en uno, en forma individual y en situaciones en las que compartimos los recuerdos de los años vividos.

 

Ellos conservan el mismo aspecto físico de cuando los vi por última vez, pero el que se deterioró mucho por el paso de los años, soy yo, incluso me veo mayor que mi abuelo Carlos y más próximo a los años de la abuela Eloísa, que en ese momento aparenta unos 80 años. A mi madre se la ve muy buena moza y quizá como si tuviera algo menos de cuarenta años.

 

No somos fantasmas, somos seres reales, auténticos y Dios quiso que estuvieran conmigo, ahora que han pasado muchos años desde que los vi por última vez, a la abuela Mercedes hace 65 años, a Eloísa hace 63, al abuelo Carlos 50 a mis padres, más o menos entre 14 y 7 y a mi hermana hace menos, pero mi hermano y yo todavía no partimos para juntarnos con ellos.

 

Miguel Aramayo

SCZ.01-06-2026

 

1 Ago

Un largo camino

Un largo camino

 

Una persona mayor de una blanca cabellera y unos ojos claros, que se distinguen detrás de unos lentes casi dibujados en su rostro, con los cachetes bien afeitados y con una sonrisa pícara. Ese aspecto tiene un viejo, que al final de un largo puente, no cualquier puente, uno larguísimo, que desde donde él está parado en ese momento se observa exuberante vegetación, pero cuyos inicios se ven en lontananza con montañas, incluso algunas nevadas.

 

Han transcurrido muchos años, pero en su memoria perduran vívidamente cada uno de los días transcurridos desde que su cerebro comenzó a almacenar recuerdos, con tal nitidez que, recuerda colores, olores, sabores y mucho más vívidamente a los personajes que pasaron por su larga existencia. Recuerda las casas, calles avenida y parques recorridos en su larga existencia. Todo eso no con afán morboso, o como queriendo escapar de las añoranzas, por lo que vivió, vio y o pretende retroceder; tan simplemente recordar momentos.

 

Cuando muy chico y en conversaciones con un amigo imaginario soñaba en despierto lo que seria su existencia. De alguna manera esas ensoñaciones le sirvieron como guía para alcanzar los objetivos, que con ilusión se imaginaba y graficaba en esos sueños despierto. Ahora los tiempos han pasado y lo que parecía que se hubiera difuminado con el transcurrir de los años, ahora se le presentan con total claridad y puede observar, como mirar en este momento ese puente largo y siente que donde está parado, todavía puede distinguir lo que se produjo junto a esas montañas que se ven tan distantes al otro lado del puente.

 

Es como si estuviera mirando detrás de un telescopio, elemento de visualización que le permite ver como si fuera una película que se reproduce en vivo y en directo. Cierra los ojos y esa imágenes que vuelven a su memoria son tan nítidas que no solo parecen una filmación, sino que su conciencia retorna a esos precisos instante y puede recrear lo que pensaba.

 

La escena transcurre en una modesta casa muy ordenada, limpia y acogedora, en la que uno de los dormitorios muestra dos camas y una cuna, además de otros muebles donde se observan fotos, estampas de santos y algunos adornos, además de un florero con rosas naturales de un color amarillo mate, son rosa te. La casa tiene un gran patio que en uno de los extremos se distingue un pequeño gallinero, pero además espacio para albergar conejos a los que se ve moverse de un lado al otro y se escucha el cloqueo de las gallinas y de vez en cuando el canto de un gallo.

 

El viejo se ve muy niño, recostado en una cama en la que en la cabecera se distingue un cuadro del Niño de Praga, él está arropado como para dormir y mientras espera que su madre se asome para contarle un cuento, él alisa los colchas que lo arropan y se imagina como será su vida en el futuro, cómo será cuando sea grande, como será su esposa, que estudiará, donde trabajará, cómo serán sus hijos y como él se comportará con ellos y con sus padres y hermanos cuando sean viejitos.

 

En todos esos ensueños también se ve anciano jugando con sus nietos, pero nunca se imaginó que podría estar en el matrimonio de una de sus nietas y tampoco imagino que podría llegar a ser bisabuelo. Ahora retornando al puente donde está parado en ese momento, recuerda que este 4 de julio se casará una de sus nietas, la hormiguita colorada y que también otra de sus nietas, Lucia, se casará un día antes en Buenos Aires.

 

Eso no estuvo en lo que soñaba cuando estaba rodeado de montañas, pero es lo que sucede en la actualidad. Sus sueños se cumplieron al transitar ese largo puente.

 

Miguel Aramayo

SCZ.05-06-2026

 

1 Ago

Quienes somos, que somos.

Quienes somos, que somos. 

 

Voy a elucubrar: la mayoría de las personas, incluso yo, somos muy simples, no meditamos y si lo hacemos es en forma muy superficial. Son muy contadas las personas que se detienen a observar el firmamento, a reconocer cada punto que brilla y recordar si es un planeta, una estrella conocida o una fugaz. Es menos probable que se queden mirando a una hormiga, un gusano o una mariquita y quieran adivinar que hacen. Acercarse a las plantas y despojarlas de hojas o flores cecas, quizá tomar una flor y acercarse a ella, para apreciar su color o su fragancia. Apoyarse a un árbol y comprobar su fortaleza, apreciar su sobra y distinguir el movimiento de sus ramas. 

 

Cuando estoy junto a un río siento algo especial, aprecio su rumor y contemplo su movimiento, algunas veces arrastrando algo en su corriente y con mucha suerte alguna vez pude ver un pez emergiendo para observar su devenir. El mar me produce una sensación diferente, incluso siento que tengo otra dimensión que me acerca mucho más al creador. El ir y venir de las olas me subyuga de tal manera, que hasta pienso en la eternidad y rebobino mis pensamientos y recupero en mi memoria los recuerdos de tiempos pasados.

 

Siempre fui un romántico y no solo pensé, sino que tuve al amor como algo extraordinario. Recuerdo el primer beso que me dejo un sabor a flan y nunca más volví a sentir esa extraordinaria sensación …esa extraordinaria sensación. No fue por amor, fue por curiosidad de alguien que me quería enseñar a besar.

 

Y, sin embargo, con los años, entendí que no era el beso lo que había cambiado, sino yo. O quizá no cambiado, sino cubierto: de prisa, de costumbre, de pequeñas renuncias diarias que uno ni siquiera nota. Como polvo fino que se posa sobre los muebles, sobre los libros… sobre el alma.

Me pregunto entonces en qué momento dejamos de mirar. No de ver —porque ver, vemos todo el tiempo— sino de mirar con esa intención que desnuda las cosas. ¿Cuándo fue la última vez que alguien se detuvo a escuchar realmente el río sin pensar en la hora? ¿O a sentir el viento sin apresurarse a cerrarse chamarra?

 

Quizá no somos simples por naturaleza, sino por abandono.

 

Recuerdo una tarde —no sé si fue real o si la inventé con los años— en la que me quedé mirando una hormiga durante varios minutos. Llevaba algo más grande que ella, tropezaba, retrocedía, insistía. En ese momento sentí una especie de vergüenza silenciosa, como si yo, con toda mi complejidad aparente, fuera menos constante que ese diminuto ser.

 

Tal vez ahí empezó todo.

 

Desde entonces, he intentado recuperar pequeñas cosas: mirar el cielo sin nombrarlo, tocar la corteza de un árbol como si fuera la primera vez, acercar una flor sin arrancarla. Y a veces —muy pocas— logro sentir algo parecido a aquel primer beso… no en los labios, sino en el pecho.

Una especie de asombro intacto.

 

Quizá eso somos.

 

No lo que sabemos, ni lo que acumulamos, ni siquiera lo que recordamos… sino lo que aún somos capaces de sentir sin entender del todo.

 

Y si algún día dejo de sentir eso, sospecho que no habré muerto todavía… pero ya no estaré realmente vivo.

 

Miguel Aramayo.

SCZ.09-04-2026

 

1 Ago

Quienes somos, que somos.

Quienes somos, que somos. 

 

Voy a elucubrar: la mayoría de las personas, incluso yo, somos muy simples, no meditamos y si lo hacemos es en forma muy superficial. Son muy contadas las personas que se detienen a observar el firmamento, a reconocer cada punto que brilla y recordar si es un planeta, una estrella conocida o una fugaz. Es menos probable que se queden mirando a una hormiga, un gusano o una mariquita y quieran adivinar que hacen. Acercarse a las plantas y despojarlas de hojas o flores cecas, quizá tomar una flor y acercarse a ella, para apreciar su color o su fragancia. Apoyarse a un árbol y comprobar su fortaleza, apreciar su sobra y distinguir el movimiento de sus ramas. 

 

Cuando estoy junto a un río siento algo especial, aprecio su rumor y contemplo su movimiento, algunas veces arrastrando algo en su corriente y con mucha suerte alguna vez pude ver un pez emergiendo para observar su devenir. El mar me produce una sensación diferente, incluso siento que tengo otra dimensión que me acerca mucho más al creador. El ir y venir de las olas me subyuga de tal manera, que hasta pienso en la eternidad y rebobino mis pensamientos y recupero en mi memoria los recuerdos de tiempos pasados.

 

Siempre fui un romántico y no solo pensé, sino que tuve al amor como algo extraordinario. Recuerdo el primer beso que me dejo un sabor a flan y nunca más volví a sentir esa extraordinaria sensación …esa extraordinaria sensación. No fue por amor, fue por curiosidad de alguien que me quería enseñar a besar.

 

Y, sin embargo, con los años, entendí que no era el beso lo que había cambiado, sino yo. O quizá no cambiado, sino cubierto: de prisa, de costumbre, de pequeñas renuncias diarias que uno ni siquiera nota. Como polvo fino que se posa sobre los muebles, sobre los libros… sobre el alma.

Me pregunto entonces en qué momento dejamos de mirar. No de ver —porque ver, vemos todo el tiempo— sino de mirar con esa intención que desnuda las cosas. ¿Cuándo fue la última vez que alguien se detuvo a escuchar realmente el río sin pensar en la hora? ¿O a sentir el viento sin apresurarse a cerrarse chamarra?

 

Quizá no somos simples por naturaleza, sino por abandono.

 

Recuerdo una tarde —no sé si fue real o si la inventé con los años— en la que me quedé mirando una hormiga durante varios minutos. Llevaba algo más grande que ella, tropezaba, retrocedía, insistía. En ese momento sentí una especie de vergüenza silenciosa, como si yo, con toda mi complejidad aparente, fuera menos constante que ese diminuto ser.

 

Tal vez ahí empezó todo.

 

Desde entonces, he intentado recuperar pequeñas cosas: mirar el cielo sin nombrarlo, tocar la corteza de un árbol como si fuera la primera vez, acercar una flor sin arrancarla. Y a veces —muy pocas— logro sentir algo parecido a aquel primer beso… no en los labios, sino en el pecho.

Una especie de asombro intacto.

 

Quizá eso somos.

 

No lo que sabemos, ni lo que acumulamos, ni siquiera lo que recordamos… sino lo que aún somos capaces de sentir sin entender del todo.

 

Y si algún día dejo de sentir eso, sospecho que no habré muerto todavía… pero ya no estaré realmente vivo.

 

Miguel Aramayo.

SCZ.09-04-2026